domingo, 11 de septiembre de 2022

«Le trou» (Jacques Becker, 1960)




      

      A menudo el arte nos conduce a terrenos insondables a través de la emoción o una detonación espiritual. En otras ocasiones, es un simple teatro en donde tu memoria está actuando a través de la abstracción. Pero sucede a veces algo diferente. Como una declaración interna; una constatación. Descubres, a través de él, un eslabón de la historia, una puerta que va desde ti hacia la otredad. Un hallazgo necesario para sentirte parte de algo y para entender el enlace de las horas y las cosas. El tiempo, con su artificio y tu mirada, deposita en el arte todo lo que no sabe enterrar con la muerte. 

      Hoy traigo La evasión (Le trou, su título original), película dirigida en 1960 por el francés Jacques Becker. Se trata de una adaptación de la novela Le trou, con la que debutó José Giovanni en 1957 y que versa sobre su propia fuga de la prisión de La Santé en 1947.
La base del argumento de la película es, en mi opinión, la solidez y el equilibrio que da el compañerismo establecido en un grupo de individuos encarcelados que han planificado una fuga. El punto de partida es la llegada de un nuevo inquilino a la celda compartida por el grupo de presos veteranos. A partir de ahí, la trama ejecuta una elegante disección de las relaciones humanas y la dureza de la supervivencia en circunstancias tan complejas. Admito que, en general, las tramas carcelarias y las evasiones me están apasionando (gracias a La gran evasión, Un profeta y El ejército de las sombras). Pero esta joya del cine francés que dirigió Becker es la que particularmente me ha conquistado.

       Le trou se aleja de la solemnidad y del poso mágico en lo intangible. Es una película pequeña pero robusta, de ésas capaces de navegar el argumento a velocidad constante y de conceder al instante —aislado, encapsulado, protegido— un papel esencial, siempre ajeno al resto de parámetros que conforman una trama. Me suelen gustar más las películas en las que que el autor orienta el argumento para dar protagonismo no solamente al contenido, sino muy especialmente a la forma: la gestualidad, los silencios, la textura de la luz y de la sombra, el juego fotográfico. Que la parte merezca la pena más allá de un todo y de un contexto, en definitiva. Y para eso es importante que se nos quiera mostrar algo concreto, detenerse en ello el tiempo que haga falta y hacernos cómplices a los espectadores. No es tan fácil.
      Becker, en este sentido, propone una seca puesta en escena acompañada de una poética del gesto que trabaja muy bien la conducción de personajes. Esa poética difiere bastante de la sentimentalidad y entronca más con la emoción descubierta por el ejercicio mental y la capacidad de observación.

      La coherencia general del montaje viene expresada a través del suspense y la atención constante a los detalles. Esa minuciosidad en el realismo de determinadas escenas podría adherirse a una variante del cine documental, pero no así el conjunto de la obra. Muy característico de la película es el gusto por lo artesanal. Desde la forma en que la cámara te acerca al trabajo manual de los presos a la hora de cavar, martillear o inventar herramientas—especialmente el personaje de Roland— hasta la meticulosidad del plan de fuga, milimétricamente estudiado y ejecutado con la templanza necesaria en cada momento. Los protagonistas tienen un objetivo, pero el camino hacia el éxito es un arduo y fino trabajo de compenetración, concentración, paciencia y solvencia. Igual que un oficio.

      Se agradece, por otro lado, la utilización de transiciones patentes pero sencillas, el movimiento pausado de la iluminación, así como la no necesidad de utilizar música ni demasiados golpes de efecto. La película te lleva de la mano sola, sabe mantenerte en vilo sin recursos ostentosos y con una sensación continua de acción aun en momentos lentos que te absorben por completo de manera inteligente. Es curioso cómo el sonido repetitivo de los golpes nunca se hace pesado y cómo la mecánica de la rutina de los presos durante la ejecución del plan tampoco resta interés a la película.
Cabe destacar que casi todos los personajes que habitan la cárcel son bastante atípicos, tanto los presos como los guardias. Se presentan relaciones bastante civilizadas y alejadas de los estereotipos carcelarios de violencia y sordidez. Se respira crudeza y una realidad agónica, pero neutralizadas por el valor de la dignidad y la lealtad. 

      Aunque la esperada vuelta de tuerca y la resolución de la trama son brutales, lo realmente importante es la forma en que la dirección y la soberbia actuación de los protagonistas te hacen partícipe de la hazaña desde el inicio. Dejando a un lado el imprevisible impacto del final, me gusta cómo la historia te va quitando algunas vendas de forma sutil. Te sienta, te cuenta, te implica y te palpa la conciencia para que sientas la verdad sin necesidad de elegir un bando. Ya estás metido en la victoria y en la derrota. Ya eres culpable o inocente de algo. Se trata de encajar en un equipo como una pieza más, pero esencial. La vida se mezcla muchas veces con los demonios del infierno y pocas veces el honor sale bien parado. De eso va esta película. Y del sacrificio de cada historia personal a favor de una última oportunidad.

      Esta ciudad fue condenada a ser invierno y escenario. Trabaja duramente en esculpirnos la esperanza. Pero la señorita Mouthless y yo compartimos mazmorra y butaca en el olvido. Desde que huimos hacia la tristeza la vida nos ha prestado todas las pantallas de cine que caben en nuestro inmoderado corazón.

Aránzazu.


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