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domingo, 3 de junio de 2012

Un niño escribe en Granada una carta a su padre



     Los objetos que guardamos son «un nudo de seguridad en nuestra historia», como dice Luis García Montero. Queda atrapada en ellos la memoria de una parte de nuestra vida que podemos palpar con el paso del tiempo. No sólo en el pensamiento quedan los olores, los anhelos o las tardes de domingo. 
A mí siempre me gustó guardar todo aquello que he considerado importante en mi vida, sin dar lugar a un apego innecesario. Pedacitos de una biografía íntima. Nunca son objetos de valor; algunos son pura chatarra o materia estrambótica. Papeles sin sentido aparente, cachivaches sin edades mojados en ocre. Lo curioso es que pocas veces acudo a ellos, sino que simplemente sé que están ahí, resguardados en un determinado lugar, para siempre. Y esa certeza me hace feliz. 

El viento de la nostalgia erosiona a veces los juguetes con los que crecimos. 
Tal vez por eso Madrid se ha hecho barquito de papel.

Aránzazu.
~

Que venga Luis y lo cuente mejor:

 (Where The Paper Boats Sail, de Pete Revonkorpi)


     «Un niño escribe en Granada una carta a su padre, que acaba de ser destinado a Madrid. Cada palabra parece una afirmación redonda y una prueba de que todo va bien, de que estudia y respeta a los profesores del colegio, de que ordena su cuarto y no disloca a sus hermanos por el camino de la rebelión doméstica. El niño se esfuerza en escribir sin borrones, con letra clara y papel limpio. Ninguna coartada es mejor que la caligrafía pulcra para justificar los regalos que pide al padre, con un temblor de inocencia y un instinto humano muy certero en el modo de utilizar el chantaje de la distancia, las emociones de las fechas señaladas. Se está echando encima la Navidad, casi nieva en las palabras de la carta, y en el equipaje del regreso paterno habrá sin duda un lugar holgado para los objetos que se enumeran con buen pulso, sin tachaduras, casi envueltos ya -como si se tratase de un papel de regalo- por la aplicada disposición de las letras. La carta llegará a su destino, y luego pasará el tiempo, el padre regresará definitivamente a Granada, el niño irá creciendo, se hará un hombre, y su vida le conducirá a los hermosos y atareados, melancólicos inviernos de Madrid. En la vida del niño hecho hombre no hay casi nada definitivo, pero sí muchas cosas que perduran. Las cosas son un tiovivo, se esconden y vuelven a las manos como las Navidades a los almanaques. El hombre visita a sus padres en Granada, y encuentra, al revolver los cajones familiares, la carta que escribió cuando era niño. No le impresiona que su padre la conserve, ni le sorprende el contenido, porque se trata de un catálogo ingenuo de frases y peticiones previsibles. Pero se conmueve al comprobar que en el sobre figura la misma calle, el mismo número, el mismo piso, la misma dirección que él habita ahora en Madrid. Esta historia podría pertenecer al argumento literario de una narración. La vida no es tan perfecta, suele dejar alguna esquina rota. No coinciden, por ejemplo, el número y el piso de la dirección. Pero sí coincide la calle, y nos atrapa el seguro azar de las existencias humanas y de sus objetos. 

Somos siempre los destinatarios de los objetos conservados y de las cartas que escribimos con ortografía infantil. La carta de un niño supone una cita con su propio futuro. Conviene respetar y defender los pliegues del pasado para descubrir el sentido de las huellas que dejan nuestros zapatos cuando caminan hacia delante. Todos los presentes ocultan una negociación con el tiempo y con la vida en nuestro pasado. Los recuerdos, las cosas que guardamos, son nudos de seguridad en la cuerda que sostiene nuestra historia, testimonios que nos permiten regresar a un tiempo que ya no existe, porque el tiempo está acostumbrado a cambiar de domicilio y a desaparecer para siempre, si no le arrebatamos algún objeto personal. Conservo dos cartas escritas de niño. En una está escondida mi ciudad, Granada, que huye de los agobios de la construcción; y en la otra está encerrado el mar. Los regalos que le pedí a mi padre, cuando trabajaba en Madrid, me hablan de los árboles del Paseo del Salón, de los campos de deportes del colegio y de los cines del domingo por la tarde, cuando la caballería se enfrentaba con el asalto de los indios. En la otra carta viven los veranos de un niño en el Puerto de Motril, las siestas interminables, los barcos pesqueros y los partidos de fútbol de un campeonato mundial seguido por la radio. Las palabras tienen de pronto la forma de un anzuelo, de una caña de pescar, de un atardecer en el porche y de un libro de aventuras. La vida se queda enredada en los objetos y nos defiende de la desaparición. Mi mujer me ha visto entrar en la casa con un palo de jockey sobre patines en la mano y con una bolsa en la que tardó poco en descubrir un pantalón de deporte, una colección de soldados de plomo y una novela de Enid Blyton. ¿Pero esto que es? Nada, he estado de compras para contestarme una carta que me escribí hace mucho tiempo. ¡Estás loco! Mi vida, estoy loco por ti. 

Las cartas
[Luis García Montero (El País, 16 de diciembre de 2006)]

viernes, 5 de marzo de 2010

Aullidos negros: «Di tu palabra y rómpete»

https://open.spotify.com/track/15V4up3zcYkNKEprzVOBQc?si=52mTL_PoRK2GuO7smiDsvw&utm_source=native-share-menu

    Cuando escucho a Camarón, al otro lado de la realidad, siempre se desanudan esos «sonidos negros» como antesala de una espiritualidad tan visceral como palpable en su abstracción. Él creaba esa negritud desde la vanguardia de su corazón.

La austeridad del misterio estruja el invierno en Madrid. 
La soleá de este marzo golpea la boca caliente.

Aránzazu.
~

A propósito de Camarón, os traigo un artículo de Félix Grande que escribió a la muerte del cantaor. El autor es un reconocido flamencólogo, ensayista y poeta español que destacó en los años 60 entre una generación de poetas de marcado compromiso social.
Disfrutadlo:

(Pintura de Antonio Valentín)

     «''Di tu palabra y rómpete''. Esa frase de Nietzsche estaba dentro del corazón de Camarón de la Isla. Toda su vida cantó su palabra de una manera tan inmediata, tan terrible, que parece como si siempre hubiera sabido que esa palabra le rompería el corazón y en el estallido sobrevendría un reguero de sangre. Hace años, cuando le preguntaron a la cantaora Tía Anica, La Piriñaca, qué sentía cuando cantaba a gusto, la vieja jerezana famosamente respondió: ''Cuando canto a gusto me sabe la boca a sangre''. En este sentido, nadie de ahora ha cantado más a gusto que Camarón. Todo en su arte era sanguinario, incluso la ternura, tan fastuosa en su voz. Todo en su arte era trágico. Todos sus sonidos estaban asistidos por el desamparo y emponzoñados por la fatalidad. Cuando en 1934 Federico García Lorca, asomado con el coraje y la sabiduría de la inocencia al abismo del cante flamenco, descubrió que el cantaor sólo puede hallar a su duende en el fondo del desamparo, en ''las últimas habitaciones de la sangre'', Camarón no había nacido todavía. Pero al nacer, nadie sabe cómo, recordó esas palabras de Federico, las hizo suyas y se echó a vivir en la desgracia, en el desamparo, es decir, en la autenticidad.


Desde esa autenticidad, que otros llamarán suicida y que nosotros preferimos denominar ejemplar y magnífica, Camarón llevó al cante flamenco a ese barranco en donde los hombres sólo saben y sólo quieren hacer tres cosas: pedir limosna, pedir socorro y pedir venganza. Limosna contra la soledad radical; socorro contra la horrorosa turbulencia del sufrimiento de toda conciencia verdaderamente desnuda, y venganza contra este destino (en lenguaje flamenco, más preciso: el sino) que nos pone sobre la vida con necesidad de eternidad y de felicidad y que sin embargo nos golpea, nos quiebra y nos mata.

El pavoroso seguiriyero Manuel Torre supo que el flamenco está lleno de sonidos negros. El cante de Camarón era un pentagrama absolutamente enlutado. Incluso en los cantes que llamamos festeros su arte brotaba desde las tinieblas de la desesperación y del desconsuelo. Pocos han visto reír a Camarón. Algunos hemos logrado verle alguna sonrisa. Una sonrisa en la que había muy poca paz y muchísimo desengaño. Era el desengaño de quien en el fondo de su alma ya sabe que todo en esta vida se termina, y la vida también. Era el desengaño de quien no consigue nunca ignorar que somos desvalidos y finitos, que somos casi casuales y que a la muerte no podemos llevamos ni siquiera una sonrisa de nuestros hijos.

El arte de Camarón era un aullido de la filosofía, un monumento a la condición humana, un obelisco a la derrota. Pero también fue un combate extraordinariamente valiente por arrancarle a la fatalidad instantes de eternidad y belleza. Cada uno de sus cantes es una breve eternidad, cada uno de sus cantes es un suspiro en el que estamos fuera del tiempo, en el palacio en donde candor, inocencia y entusiasmo nos untan pomada en las heridas de nuestro corazón; un suspiro durante el cual conocemos a la felicidad y nos despedimos de ella.

Camarón, tremendo filósofo, supo siempre que todo está perdido, pero también, como el ser fraternal que es todo artista de genio, miró a la desgracia a la cara y, apretando dientes y puños, se abrazó a ella para conmoverla y la besó en la boca para convertirla en una madre sombría y acongojada. Cada cante de Camarón fue un beso del artista en la boca de la desgracia. Por entre la saliva de ese beso horroroso y maravilloso se derramaba su cante flamenco, horroroso y maravilloso. Lo escuchábamos horrorizados y maravillados. Mientras oíamos esos cantes éramos momentáneamente inmortales. Camarón decía su palabra rompiéndose, y esa fractura mitigaba las nuestras, las estañaba. Su desconsuelo era consolador. Su desesperación apaciguaba. La infinita tristeza de su voz ponía en nuestros silencios el sosiego.

Alguien, Camarón de la Isla, sufría por nosotros, y esa generosidad nos liberaba de nuestro infortunio. Ahora nuestro embajador del dolor se ha muerto y el infortunio nos cubre como una náusea de desolación. Nos hemos quedado un poco más solos de cuanto siempre lo estuvimos, con unas cuantas grabaciones entre nuestras manos absortas. Y con una pena tan irreparable como es irreparable nuestra gratitud. Sabemos que nuestra orfandad siempre estará desbaratada por el honor de la memoria. Cada vez que lo recordemos volveremos a ser inmortales. Camarón ha muerto y no ha muerto».

(Artículo de Félix Grande, en la tribuna del periódico El País, el 3 de julio de 1992, al día siguiente de la muerte de Camarón)