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viernes, 3 de octubre de 2014

La gente


     Mario acierta siempre. Esa sensación de reconocernos en los demás por un vínculo invisible y mágico —que empareja y comunica, como él mismo dice— parece algo tan difícil en esta sociedad en la que corremos y no somos conscientes de la presencia de «los otros», al menos de los que no forman parte de nuestro pequeño círculo. Obviamos esa presencia, por decirlo de alguna manera. Es la eterna actitud de desafecto frente a la cotidianeidad, un modo de defendernos y no involucrarnos demasiado en el oficio humano. Como cuando entramos en el metro, sobrados de tiempo y aburrimiento, y en el vagón auscultamos a los personajes que viajan en el mismo tren. Vislumbramos sus biografías, creemos entender algunas de las miradas con las que nos cruzamos. Hay algo que se desnuda. Hasta que salimos al andén, prestos a olvidar el rostro del hombre cano que soportaba todo su peso en el paraguas mientras miraba fijamente la suciedad de una ventanilla del vagón. 

Con esta novela, La tregua, me metí en otra parte diferente del universo literario de Benedetti, sorprendida por el hallazgo de una más que interesante prosa escrita hace mucho tiempo, en 1960. El argumento, bajo la forma de diario, mezcla la sucesión lenta de los días en un tiempo concreto del Montevideo de finales de los años 50 a través de la mirada de un viudo de mediana edad, Martín Santomé, que se rescata a sí mismo al encontrar esa mano que a veces la vida regala en forma de tregua o paréntesis. Esa tregua vuelve a ser el amor, donde se reconoce el protagonista y donde el autor lo sitúa para armar una esperanza en medio del caos emocional de inseguridad que invade su vida al ser consciente de su próxima jubilación. En esa especie de presente paralelo a la realidad, Martín recobra el sentido hacia el cual dirigir el rumbo de su existencia, no exenta nunca de momentos de incertidumbre y de crudeza al que comúnmente podemos enfrentarnos desde nuestro lugar en el mundo, sea cual sea el tiempo cronológico. 

Todo ello como una crónica exquisita del Uruguay de aquellos años, con la solapada crítica social que Benedetti acostumbra a poner sobre la mesa, poniendo el acento en una época de contrastes, convulsiones y transformaciones que marcan la rutina y el desasosiego íntimo de nuestro ciudadano protagonista. Completé la lectura intermitente de la novela, tiempo después, con la película basada en una adaptación libre de la novela homónima de Mario, La tregua, de Sergio Renán (1974), protagonizada por Héctor Alterio, cuya interpretación es magistral y deja en buen lugar al personaje descrito por Mario en el libro. Aunque la literatura y el cine son lenguajes bien distintos. 

La señorita Mouthless camina sin moverse con tal de no perder su sitio en los laberintos tan ramificados de la costumbre. Yo desaparezco de ese mapa, fiel al arte imperecedero de la invisibilidad. Mientras tanto, Madrid se distancia del cielo tantos pasos como sueños caben en un solo corazón. 

Aránzazu. 
~

    Y así nos recibe Mario:

(Ilustración de Rodolfo Fucile)

   «Martes 27 de agosto

   Frío y sol. Sol de invierno, que es el más afectuoso, el más benévolo. Fui hasta la plaza Matriz y me senté en un banco, después de abrir un diario sobre la caca de las palomas. Frente a mí, un obrero municipal limpiaba el césped. Lo hacía con parsimonia, como si estuviera por encima de todos los impulsos. ¿Cómo me sentiría yo si fuera un obrero municipal limpiando el césped? No, ésa no es mi vocación. Si yo pudiera elegir otra profesión que la que tengo, otra rutina que la que me ha gastado durante treinta años, en ese caso yo elegiría ser mozo de café. Y sería un mozo activo, memorioso, ejemplar. Buscaría asideros mentales para no olvidarme de los pedidos de todos. Debe ser magnífico trabajar siempre con caras nuevas, hablar libremente con un tipo que hoy llega, pide un café, y nunca más volverá por aquí. La gente es formidable, entretenida, potencial. Debe ser fabuloso trabajar con la gente en vez de con números, con libros, con planillas. Aunque yo viajara, aunque me fuera de aquí y tuviera oportunidad de sorprenderme con paisajes, monumentos, caminos, obras de arte, nada me fascinaría tanto como la Gente, como ver pasar a la Gente y escudriñar sus rostros, reconocer aquí y allá gestos de felicidad y amargura, ver cómo se precipitan hacia sus destinos, en insaciada turbulencia, con espléndido apuro, y darme cuenta de cómo avanzan, inconscientes de su brevedad, de su insignificancia, de su vida sin reservas, sin sentirse jamás acorralados, sin admitir que están acorralados. Creo que nunca, hasta ahora, había sido consciente de la presencia de la plaza Matriz.
Debo haberla cruzado mil veces, quizá maldije en otras tantas ocasiones el desvío que hay que hacer para rodear la fuente. La he visto antes, claro que la he visto, pero no me había detenido a observarla, a sentirla, a extraer su carácter y reconocerlo. Estuve un buen rato contemplando el alma agresivamente sólida del Cabildo, el rostro hipócritamente lavado de la Catedral, el desalentado cabeceo de los árboles. Creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad. En esto (es probable que en nada más) creo que debo ser un fatalista. Cada uno es de un solo sitio en la tierra y allí debe pagar su cuota. Yo soy de aquí. Aquí pago mi cuota. Ese que pasa (el de sobretodo largo, la oreja salida, la renquera rabiosa), ése es mi semejante. Todavía ignora que yo existo, pero un día me verá de frente, de perfil o de espaldas, y tendrá la sensación de que entre nosotros hay algo secreto, un recóndito lazo que nos une, que nos da fuerzas para entendernos. O quizá no llegue nunca ese día, quizá él no se fije nunca en esta plaza, en este aire que nos hace prójimos, que nos empareja, que nos comunica. Pero no importa; de todos modos, es mi semejante».

(Fragmento de la novela La Tregua, de Mario Benedetti)
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La imagen que acompaña el texto es una ilustración de Mario Benedetti, perteneciente al dibujante Rodolfo Fucile. Y aquí, escenas de la película. De lo poco que se encuentra en la plataforma de Youtube:








domingo, 8 de abril de 2012

Cazador cazado

«Escribí este libro durante las interminables horas que empleé esperando a que mi mujer acabara de vestirse para salir. Si hubiera andado siempre desnuda, nunca habría tenido la oportunidad de escribirlo». 
Groucho Marx, en el prólogo de Memorias de un amante sarnoso.

Groucho Marx, fotografiado por Richard Avedon


      Acogí hace años este libro con gran escepticismo y solamente por la recomendación de un gran amigo. La sorpresa —por el contrario— fue muy agradable, como suele suceder con esas cosas que uno no espera, debido a ciertas reticencias que no respondían más que al desconocimiento del personaje aquí presente. Pero, casualidades de la vida, el libro llegó a mis manos poco después. Permanecía desde hacía muchísimo tiempo en la biblioteca de casa, ignorado y polvoriento. Lo tomé en mi mano. Una tapa roja me hizo sonreír, pues iba ilustrada con el bigote del cine por excelencia. «Ajá. La famosa autobiografía del señor Marx...» —pensé—. La verdad es que tardé poco en leerlo. 
Me encantó. En realidad se trataba de dos autobiografías en un solo tomo: Memorias de un amante sarnoso y Groucho y yo, escritas en 1963 y 1959 respectivamente. En ellas el autor arremete a diestro y siniestro contra toda la parafernalia de la sociedad, se mofa de los convencionalismos más arraigados de la cultura occidental y expone desde su humor subversivo una manera de entender la vida, el sexo y el amor. Como telón de fondo, una suerte de amargura del hombre que narra su experiencia vital en boca de su propio personaje. ¿O es al revés? El cazador, finalmente cazado, se va dejando vislumbrar durante el transcurso de los escenarios sentimentales y surrealistas que marcan las páginas de este encuentro. Por lo demás, es obvia la pose machista circunstancial que impregna el carácter y el terreno expositivo de la época, pero esto en modo alguno le resta genialidad a la obra.

La imagen que acompaña esta reseña pertenece al propio Groucho Marx a la edad de 85 años, retratado por el famoso fotógrafo Richard Avedon, unos cuantos años después de que el actor y escritor publicara este libro. No la elegí al azar. Cierto es que me enterneció esa mirada hacia abajo de Julius Henry Marx (Groucho), como apuntando hacia el desencanto. Pero, a la vez, la expresión está llena de la paz que da la victoria de los perdedores y la derrota de los vencedores. Una imagen diferente a la que habitualmente aparece en las filmotecas y en las memorias literarias. Un hombre irreverente al que me acerqué por algo ajeno a su humor.

La señorita Mouthless emprende una retirada, una distancia indeleble de lo consciente. Y Madrid apaga sus cenizas en la nocturnidad que trae el recuerdo en el viento. No existen canciones que nos hagan volver para siempre. Solamente fotografías de lo que fuimos y de lo que no sabremos ser.

Aránzazu.
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Ahora os dejo con Groucho: 


     «En la penumbra puede observarse la presencia de un despojo de hombre, marchito y arrugado, que se balancea incesantemente sobre una caduca mecedora. Es el que fue nuestro trasnochado conquistador. De vez en cuando, da una chupada a su vieja pipa de espuma de mar. En la chimenea, las llamas se extinguen lentamente. Las pavesas que relucen en ella parecen simbolizar las pasiones que otrora dieron calor al corazón de nuestro Lotario. Una débil sonrisa ilumina su semblante, al pensar, una vez más, en sus numerosas conquistas; en las bellezas internacionales que capitularon ante su mirada fascinadora y su garbosa figura. En su memoria danzan las afortunadas que no supieron negarle sus favores. Las desgraciadas que le rechazaron, siguiendo los designios de un hado estúpido, que las privó de una felicidad que pudo ser suya, si hubieran tenido el valor suficiente para aceptar su reto de nadar juntos en el mar de las pasiones, danzan también en su recuerdo, pero lo hacen con menos alegría. La sonrisa se acentúa cuando piensa en los airados maridos y las ninfomaníacas, que tuvo que esquivar con mayor o menor fortuna. Nuestro héroe no tiene de qué arrepentirse. Pasó su vida bebiendo largamente en la fuente del amor, y tomó para sí, liberal e imparcialmente, los suculentos frutos que sólo esperaban a un hombre audaz, sin miedo a la vida e indiferente a los peligros que acechan desde unos brazos femeninos. De haberlo querido, pudo haber sido un magnate de los negocios, un jefe en el ejército, un Hamlet en el teatro y tantas otras cosas, pero desde su más tierna infancia quedó señalado por un destino erótico.

Sabía ya que la obra de su vida quedaría marcada por una incesante sucesión de tentadoras y artificiosas hembras. Acaso, también, pudo ser un gran cazador; pero no un vulgar cazador de osos y elefantes, y menos aún de leonas gestantes. El ideal del cazador que tiene todo el mundo, es una figura juvenil que nunca creció y jamás lo hará. Es un muchacho que nunca llegará a ser hombre. Penetra en la selva ataviado convencionalmente, con su carabina, su machete y su servidor negro de pelo ensortijado. Va dispuesto a matar a cualquier inocente animal indefenso, que, todo lo más, contará con unos colmillos y unas desafiladas garras. ¿Puede ser ésta la meta de un varón hecho y derecho? ¡Hombre, no! Como tampoco lo sería poseer a una mujer, sometiéndose para ello a los sagrados lazos del matrimonio. De todos es sabido que apenas existe una hembra capaz de resistir la mano que le ofrezca en matrimonio cualquier imbécil dispuesto a matarse trabajando para mantenerla. El hacer el amor a la mujer propia, es como cazar patos en el suelo. El “connoisseur” del sexo, el verdadero misógamo, se mofa de unos trillados senderos del amor. Desea lo que desea, pero de un modo fugaz. Para él, el anillo matrimonial es una pesada cadena. Es cierto que le atrae el palpitante cuerpo de la mujer, pero sin anillos de platino ni comprometedoras alianzas. Cuando ella se rinde, él sale corriendo a asediar otras fortalezas. Con las gracias naturales que le adornan, no tiene problemas. En sus manos, las mujeres son como cera derretida que se consume ante sus ojos. Las trata a todas según se merecen. Éste es el verdadero cazador. 

Pero, ¿a qué seguir? Ha sido una larga y deliciosa charada. Aunque ahora ya no es más que un viejo libertino, no por ello ha perdido su sabiduría. Tiene plena conciencia de la decadencia sexual que la edad impone imparcialmente a héroes y cobardes, y conoce perfectamente sus propias limitaciones. Se da cuenta de que el crujido que oye no procede de la mecedora, sino que sale de su achacoso organismo, que se queja como puede. Sus conquistas y sus victorias, aunque no enteramente pírricas, exigieron su inevitable tributo. Las pavesas que aún resplandecían entre la ceniza han acabado por extinguirse. Los párpados le pesan cada vez más, y, a poco, queda sumido en un profundo sueño. No, caro lector; no ha muerto. Pero, como tú y yo sabemos, también pudo ser así».

Desde mi mecedora. Epílogo del libro Memorias de un amante sarnoso 
Memory of a Mangy Lover, Groucho Marx, 1963