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sábado, 25 de octubre de 2014

El verbo Ser



      Decía el propio Breton que el surrealismo nació de la desesperación, algo así como de una náusea prolongada, de una punzada mecánica en las entrañas más ocultas del ser humano. Es el enemigo a batir, constituyendo en sí mismo una predisposición propia del artista/hombre para poder crear partiendo de un cierto matiz miserable. Quizá por eso el surrealismo me resulta tan adictivo.
 
La señorita Mouthless tantea la desesperación a veces. Como tratando de ponerle un nombre. 

Aránzazu.
~

       Es un placer leer esto:

   «Conozco la desesperación a grandes rasgos. La desesperación no tiene alas, no se sienta necesariamente a una mesa quitada en una terraza, de noche, a la orilla del mar. La desesperación es y no es el retorno de una serie de pequeños hechos como semillas que al caer la noche dejan un surco por otro. No es el musgo sobre una piedra o el vaso de beber. Es un barco plagado de nieve, si queréis, como los pájaros que mueren y su sangre no tiene el más mínimo espesor. Conozco la desesperación a grandes rasgos. Una forma muy pequeña, delimitada por joyas de pelo. Es la desesperación. Un collar de perlas para el que no se sabría encontrar broche y cuya existencia no pende siquiera de un hilo, eso es la desesperación. Del resto no hablemos. Acabaríamos por desesperarnos si comenzáramos. Yo desespero del tragaluz hacia las cuatro, desespero del abanico hacia las doce, desespero del cigarrillo de los condenados. Conozco la desesperación a grandes rasgos. La desesperación no tiene corazón, la mano permanece siempre ante la desesperación jadeando, ante la desesperación que los espejos jamás nos dicen si ha muerto. Vivo de esa desesperación que me encanta. Me gusta esa mosca azul que vuela por el cielo a la hora en que las estrellas canturrean. Conozco a grandes rasgos la desesperación de los largos y frágiles asombros, la desesperación de la soberbia, la desesperación de la ira. Me levanto todos los días como todo el mundo y extiendo los brazos sobre un papel de flores, no me acuerdo de nada, y siempre descubro con desesperación los bellos árboles desarraigados de la noche. El aire de la habitación es bello como unas baquetas de tambor. Forma un tiempo de tiempo. Conozco la desesperación a grandes rasgos. Es como el viento que me ayuda. ¡Se tendrá idea de semejante desesperación! ¡Fuego! Ah, vendrán otra vez... ¡Socorro! Helos ahí cayendo por la escalera... Y los anuncios de periódico, los letreros luminosos a lo largo del canal. A grandes rasgos la desesperación carece de importancia. Es un incordio de estrellas que de nuevo va a formar un día de menos, es un incordio de días de menos que de nuevo va a formar mi vida». 

El verbo Ser 
(André Breton)


(Ilustración: Títere, de Mar Sánchez)


Señorita Mouthless



     Hoy me han regalado esta muñeca. El caso es que, si me fijo bien, se parece algo a mí. Por lo pronto, en los pies grandes. Me da que esa mirada impertérrita ante el vértigo también me suena. Obvio, la ausencia de boca en las alturas. Y, cómo no, ese balanceo a solas por debajo de la luz. Un vicio como otro cualquiera.

La verdad es que nunca me entusiasmaron las muñecas. Yo simplemente «jugaba en secreto», como me confirmó un día Alejandro Dolina. Abusando de los dedos, de la opacidad de los cristales y de una mente propensa a ser más contenido que continente. Pero hoy colgué la muñeca en la lámpara y lo vi claro. Se puede reconciliar el pasado con el futuro sin intermediación o interferencias del presente. Al menos hoy aprendí algo y, solamente por eso, la señorita Mouthless  —ya hasta le puse nombre—  merece ocupar un sitio en mi mazmorra. El sitio del silencio y sus tambores de guerra.

Te lo dije. Tal vez nunca nos devuelvan los mundos de juguete, pero nada nos impide darles vueltas y vueltas con aquella primera sonrisa agridulce que nunca perderemos. Porque a veces no se distingue si la esperanza es un medio o un fin. Y demás vísceras rellenando neuronas.

C’est la vie. Me estreno jugando con muñecas.


Aránzazu.



sábado, 16 de junio de 2012

«Desde mi primer sueño hasta mi última utopía»


      Hoy traigo palabras para encharcar los pulmones de sensaciones que no quiero perder nunca. Ternura y sordidez a la vez: la clave. Es de esos escritos que perduran en la memoria de los años porque chocan contra uno de tus escudos y, de repente, saltas en pedazos y abres agujeros en las paredes que te contienen. 
Ya esta ciudad no esconde sus dragones. Habitan bajo los párpados de las aguas verdes que nos arruinan. Ya Madrid se duerme para encontrar su mejor hazaña. 

Aránzazu.
 ~

 
«Primera línea para dibujar un dragón: 

(«Primitive world», de Augusto Peixoto)
(Primitive world, de Augusto Peixoto)


Enséñame a convertirme en mariposa. Quiero unas alas rojas que se vuelvan negras que se vuelvan rosas; como la sangre. Siempre quise ir a no sé qué lugar; cuando llegaba a alguno, me decepcionaba terriblemente. Ése no era. También tienes que enseñarme de navegación, para surcar los mares de lo inentendible, para enseñarme que he encontrado un viento. Y no sé si eres un puerto, una isla, o una paloma. No, no sé si eres la Ítaca anhelada, donde me espera mi parasiempre. No sé si eres la Circe que seduce a todos los mortales, y les da drogas, y convierte en cerdos a los que no quiere, y a los que quiere los hace amarla. O no sé si soy un Noé (no he...) en medio de un diluvio, y tú vienes a traerme una hoja de olivo, para mostrarme que hay tierra. Me tienes que enseñar que hay tierra, donde los árboles crecen y los gusanos se transforman. Porque hasta ahora me ha parecido que me arrastro; que me divido; que dejo de ser yo; que una parte de mí se aleja y que cada vez me queda menos. Pero si me enseñas que hay tierra, sabré que hay árboles. Y que aunque fui un gusano, todavía tengo esperanzas de volar. 

Segundo pequeño trazo para un dragón: 

La inscripción en mi tumba será escrita por mí previamente. Debe resumir la parte más importante de mi vida. Y ya he pensado que tal vez debería llevar tu nombre, porque entonces expresaría hacia dónde me dirijo, con qué nave (la palabra), a qué velocidad (la del vértigo de la vida), con cuánta intensidad (un suspiro), bajo qué principios morales (la poesía: transformar el amor humano en otro tipo de amor). 

Tercera línea para dibujar un dragón: 

Sobre dioses extraviados no puedo escribir nada. Sólo me quedas tú, desde mi primer sueño hasta mi última utopía. Sólo me conoces tú, que eres la cuna del silencio que me arrulla, que eres la que eres y me buscas lo mismo que una luna tuerta buscara su sol negro. 

Allá en ninguna parte, en este cuerpo de hombre, el otro lado del silencio es la canción que tú me cantas.

Y abrazará mi alma piel de colibrí tu cuerpo negro». 

Mi dragón 
(Jorge Castillo) 

domingo, 3 de junio de 2012

Un niño escribe en Granada una carta a su padre



     Los objetos que guardamos son «un nudo de seguridad en nuestra historia», como dice Luis García Montero. Queda atrapada en ellos la memoria de una parte de nuestra vida que podemos palpar con el paso del tiempo. No sólo en el pensamiento quedan los olores, los anhelos o las tardes de domingo. 
A mí siempre me gustó guardar todo aquello que he considerado importante en mi vida, sin dar lugar a un apego innecesario. Pedacitos de una biografía íntima. Nunca son objetos de valor; algunos son pura chatarra o materia estrambótica. Papeles sin sentido aparente, cachivaches sin edades mojados en ocre. Lo curioso es que pocas veces acudo a ellos, sino que simplemente sé que están ahí, resguardados en un determinado lugar, para siempre. Y esa certeza me hace feliz. 

El viento de la nostalgia erosiona a veces los juguetes con los que crecimos. 
Tal vez por eso Madrid se ha hecho barquito de papel.

Aránzazu.
~

Que venga Luis y lo cuente mejor:

 (Where The Paper Boats Sail, de Pete Revonkorpi)


     «Un niño escribe en Granada una carta a su padre, que acaba de ser destinado a Madrid. Cada palabra parece una afirmación redonda y una prueba de que todo va bien, de que estudia y respeta a los profesores del colegio, de que ordena su cuarto y no disloca a sus hermanos por el camino de la rebelión doméstica. El niño se esfuerza en escribir sin borrones, con letra clara y papel limpio. Ninguna coartada es mejor que la caligrafía pulcra para justificar los regalos que pide al padre, con un temblor de inocencia y un instinto humano muy certero en el modo de utilizar el chantaje de la distancia, las emociones de las fechas señaladas. Se está echando encima la Navidad, casi nieva en las palabras de la carta, y en el equipaje del regreso paterno habrá sin duda un lugar holgado para los objetos que se enumeran con buen pulso, sin tachaduras, casi envueltos ya -como si se tratase de un papel de regalo- por la aplicada disposición de las letras. La carta llegará a su destino, y luego pasará el tiempo, el padre regresará definitivamente a Granada, el niño irá creciendo, se hará un hombre, y su vida le conducirá a los hermosos y atareados, melancólicos inviernos de Madrid. En la vida del niño hecho hombre no hay casi nada definitivo, pero sí muchas cosas que perduran. Las cosas son un tiovivo, se esconden y vuelven a las manos como las Navidades a los almanaques. El hombre visita a sus padres en Granada, y encuentra, al revolver los cajones familiares, la carta que escribió cuando era niño. No le impresiona que su padre la conserve, ni le sorprende el contenido, porque se trata de un catálogo ingenuo de frases y peticiones previsibles. Pero se conmueve al comprobar que en el sobre figura la misma calle, el mismo número, el mismo piso, la misma dirección que él habita ahora en Madrid. Esta historia podría pertenecer al argumento literario de una narración. La vida no es tan perfecta, suele dejar alguna esquina rota. No coinciden, por ejemplo, el número y el piso de la dirección. Pero sí coincide la calle, y nos atrapa el seguro azar de las existencias humanas y de sus objetos. 

Somos siempre los destinatarios de los objetos conservados y de las cartas que escribimos con ortografía infantil. La carta de un niño supone una cita con su propio futuro. Conviene respetar y defender los pliegues del pasado para descubrir el sentido de las huellas que dejan nuestros zapatos cuando caminan hacia delante. Todos los presentes ocultan una negociación con el tiempo y con la vida en nuestro pasado. Los recuerdos, las cosas que guardamos, son nudos de seguridad en la cuerda que sostiene nuestra historia, testimonios que nos permiten regresar a un tiempo que ya no existe, porque el tiempo está acostumbrado a cambiar de domicilio y a desaparecer para siempre, si no le arrebatamos algún objeto personal. Conservo dos cartas escritas de niño. En una está escondida mi ciudad, Granada, que huye de los agobios de la construcción; y en la otra está encerrado el mar. Los regalos que le pedí a mi padre, cuando trabajaba en Madrid, me hablan de los árboles del Paseo del Salón, de los campos de deportes del colegio y de los cines del domingo por la tarde, cuando la caballería se enfrentaba con el asalto de los indios. En la otra carta viven los veranos de un niño en el Puerto de Motril, las siestas interminables, los barcos pesqueros y los partidos de fútbol de un campeonato mundial seguido por la radio. Las palabras tienen de pronto la forma de un anzuelo, de una caña de pescar, de un atardecer en el porche y de un libro de aventuras. La vida se queda enredada en los objetos y nos defiende de la desaparición. Mi mujer me ha visto entrar en la casa con un palo de jockey sobre patines en la mano y con una bolsa en la que tardó poco en descubrir un pantalón de deporte, una colección de soldados de plomo y una novela de Enid Blyton. ¿Pero esto que es? Nada, he estado de compras para contestarme una carta que me escribí hace mucho tiempo. ¡Estás loco! Mi vida, estoy loco por ti. 

Las cartas
[Luis García Montero (El País, 16 de diciembre de 2006)]

domingo, 29 de abril de 2012

Nadie lo hará por vos


      Crece siempre un silencio envilecido en las afueras del espejo lleno de lo ajeno. Conviene ensuciarlo con nuestro futuro ahogado en la incertidumbre. Como si no doliera, como si besar el cristal fuera la forma de romper una memoria incontrolable.
Esta ciudad no aprende del todo a reconocerse en la fantasía.
Se mide, se palpa, se vertebra encajando en alguna realidad.
La señorita Mouthless la observa eternamente, como si supiera desangrarla con una sola mirada .

Aránzazu.
~

Callemos hoy. Que viene Silvia:


Imagen: Thinking of Freedom, de SuicidioNeuronal

     Nadie pide que se acallen los rugidos de loba en celo apresurada por tragarse a la luna hasta el último canto. Ni que se aten cuerdas a las manos para calmar vuelos agitados sin compás. 
Quien quiera escribir aquello que le nace, debe atropellar su propio cataclismo. Nadie irá en su búsqueda cuando el alfabeto se disuelva en figuras de cera, ni correrá a medir el espacio límite del péndulo. Nadie acercará el fósforo a la mecha, al carbón, a la lámpara o al papel. La libertad no se negocia. 
Sólo promesas de guardarse en los cajones de la casa, para evitar que otros ojos se mareen al no hallar su perspectiva. 
Porque del otro lado del espejo, la libertad tampoco se negocia. 

Nadie lo hará por vos 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El mensaje


    Cuando se habla de literatura, y del arte en general, se suele decir que el lector completa el mensaje del autor. Creo en ello. La razón es simple, y es que entramos en el terreno de la subjetividad y la sensibilidad del receptor: vemos y sentimos en función de nuestra memoria, nuestros traumas y nuestro imaginario.
Y por eso las connotaciones y derivadas de una obra en la percepción de una persona nunca van a ser exactamente iguales que en la de otra. Y es bonito comprenderlo así. Para que el arte sea verdaderamente libre, necesita recovecos por donde huir, más allá de la libertad propia de su creador. Necesita encontrar un lugar donde crecer y deshacerse de la contención propia del lenguaje. Y ese lugar somos nosotros, continuadores en la búsqueda de la magia.

Madrid compone su danza por el abismo de las ausencias. 
Resiste en los ecos, en la eternidad de lo vivido en su imaginación.
Y nos crea.

Aránzazu
~


(Ex libris, de Aimee Stewart)


Escuchemos ahora a Marc Vintró:

     «Estás leyendo. Estás siguiendo con mirada concentrada los trazos que un día yo dejé impresos en una hoja. Tus ojos dibujan una baile medio inconsciente al perseguir todas las sinuosidades que mi pluma danzó en el pasado, dejando tras de sí un rastro de tinta negra. Tal y como un viajero en su canoa desciende por un río tortuoso, orientando su embarcación según los balanceos de las curvas de la corriente, tú, con esa hábil armonía entre los ojos y la mente, persigues el arabesco que yo tracé aquí, y así te enroscas en la enramada que yo hice crecer de la oscuridad. Ahora compartes conmigo mis pensamientos, sigues mis pasos y mis movimientos con un esfuerzo espontáneo. Y aunque nunca podrás contemplar como fluyó la tinta, extendiendo su oscuridad sobre la blancura que, con cada trazo, medio creaba el baile que estás compartiendo conmigo; sí podrás imitar su movimiento, hacer tuyo su serpenteo como haces ahora, y de este modo, conmigo, construir y aprender algo que, si bien hasta ahora yacía dormido, a partir de este momento, si bailamos juntos, nunca dejará de crecer. Estás leyendo; estás danzando; estás creciendo. Éste es el mensaje de la Naturaleza.»

La comunicación 
(Marc Vintró)

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Amor etéreo


     Irreemplazable este poema en mi memoria. Imprescindible Oliverio Girondo para escaparse hacia el idioma roto y revivido, hacia los límites de las imperfecciones que arrastran la eternidad de una belleza más sincera. 
La señorita Mouthless y yo seguimos posando las nalgas entre los huecos de la estratosfera. Allá ríen mucho más y mejor.

 
(Mujer aire, de Ivonne Sánchez Barea)

 «No se me importa un pito que las mujeres 
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; 
un cutis de durazno o de papel de lija. 
Le doy una importancia igual a cero, 
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco 
o con un aliento insecticida. 
Soy perfectamente capaz de soportarles 
una nariz que sacaría el primer premio 
en una exposición de zanahorias; 
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- 

no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. 
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, 
tan locamente, de María Luisa. 
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? 
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo 
y sus miradas de pronóstico reservado? 
¡María Luisa era una verdadera pluma! 
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, 
volaba del comedor a la despensa. 
Volando me preparaba el baño, la camisa. 
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, 
de algún paseo por los alrededores! 
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. 
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, 
ya me abrazaba con sus piernas de pluma, 
para llevarme, volando, a cualquier parte. 
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia 
que nos aproximaba al paraíso; 
durante horas enteras nos anidábamos en una nube, 
como dos ángeles, y de repente, 
en tirabuzón, en hoja muerta, 
el aterrizaje forzoso de un espasmo. 
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., 
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! 
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... 
la de pasarse las noches de un solo vuelo! 
Después de conocer una mujer etérea, 
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? 

¿Verdad que no hay diferencia sustancial 
entre vivir con una vaca o con una mujer 
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? 
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender 
la seducción de una mujer pedestre, 
y por más empeño que ponga en concebirlo, 
no me es posible ni tan siquiera imaginar 
que pueda hacerse el amor más que volando».

1, de Espantapájaros (al alcance de todos) 
(Oliverio Girondo)
  
     En la excelente película de Eliseo Subiela, El lado oscuro del corazón (1992), los versos de Girondo y otros poetas dan voz a la desesperada búsqueda hacia dentro que emprende el alma de un poeta. Una oportunidad cinematográfica que nos concede otra forma de experimentar la poesía y ahondar en el universo imaginario de las sensaciones visuales. Magnífico el trabajo de Darío Grandinetti: